Los problemas nos fortalecen, las pequeñeces nos matan

 Crisis como terremotos, tsunamis, incendios o accidentes, dan a luz heroísmo, tenacidad y esa lucidez humana que asombra. Sin embargo, es paradójico que esa misma tenacidad sea reducida a nada y sucumba ante minúsculos problemas de nuestra vida cotidiana. Una mirada, un gesto, la diferencia de gusto, una falta de atención, o lo que llamamos «una gran pequeñez», pueden detonar una crisis sin precedentes.

   En la intersección del tren Yokohama Line cerca a nuestra casa en Japón, esperé en numerosas ocasiones, impaciente sobre mi bicicleta, que se abrieran los largos brazos mecánicos pintados de rayas negras y amarillas. El agudo sonido de una campana alertaba el paso del tren.

   Reviví el recuerdo de manera grotesca hace unas mañanas al ver en noticias internacionales como un anciano de sesenta y cinco años se desmayó justo en las rieles del tren de aquel cruce. Las cámaras registraron a una joven mujer corriendo en su auxilio, empujando con manos y torso el desgonzado cuerpo del abuelo. Lo salvó justo antes de ser arrollado.

   Fue declarada heroína nacional de Japón. El homenaje y la historia serían perfectas y sin lágrimas si ella no hubiese perdido su vida al recibir un fuerte golpe del tren que le quitó la vida por salvar al anciano.

   ¿Qué hace que una persona sacrifique su vida por un desconocido? ¿Por qué logramos hacer cosas por otros que muchas veces no haríamos ni por nosotros mismos?

   Difícilmente pensamos en lo que haríamos o no por otros en ciertas situaciones y a veces hasta nos ufanamos diciendo que morir por otros sería tonto. Sin embargo, un raro instinto en nuestro ser y en los animales nos indica que debemos salvar a aquel que está próximo y en peligro.

   Binti Jua es el nombre de una gorila que en 1996 salvó a un niño de tres años cuando éste cayó inconsciente al vacío de la enorme jaula con muros de 6 metros de altura en el zoológico de Brookfield en Chicago, Illinois.

   El mundo entero suspiró de ternura cuando Binti Jua, con el cariño de una madre, arrulló el cuerpo contusionado e inconsciente de aquel niño, para luego esperar en la entrada de los cuidadores y entregarlo mansamente.

   Hoy en día mis hijos ven en la red compilaciones enteras de héroes que salvan seres de otras especies.

   Mientras para mí es muy triste y paradójico recordar que justo en el mismo cruce donde aquella mujer salvó al abuelo, dieciocho años atrás, uno de mis amigos de la escuela de Nakayama se aventó al tren y pasó a engrosar la triste lista de suicidios en Japón.

   Shoji era excelente basquetbolista, un joven apuesto de dieciséis años que tenía incluso un grupo de fans en la escuela. Su casa quedaba camino a nuestro apretado apartamento en Nakayama, una casa grande al mejor estilo estadounidense, rodeada de una verde grama donde se paseaban varios conejos. Teníamos la costumbre de parar allí a ver los conejos y sentir el significado de la palabra envidia.

   En el mismo lugar donde Shoji decidió quitarse la vida, por un instinto diferente y sin querer, aquella mujer sacrificó su vida por un abuelo. Me pregunto por qué muchas veces logramos hacer por otros lo que no haríamos ni por nosotros mismos. ¿Es instinto o estamos dotados de tal altruismo?

   Está registrado en la historia de la humanidad un gran nivel de maldad e innegable tristeza, pero esa misma historia también registra benevolencia y heroísmos incomprensibles.

   Hay una escena en la aclamada novela Los miserables de Víctor Hugo, donde la policía trae ante un obispo a Jean Valjean, un hombre que la noche anterior robó unos utensilios de plata del monasterio. Jean, recién salido de pagar una condena de diecinueve años, aseguró que la platería era un regalo del obispo.

   Cuál sería el asombro del mismo Valjean al escuchar al obispo decirle a la policía que efectivamente le había obsequiado esos utensilios e incluso había olvidado darle dos candelabros más de plata. Al lograr la libertad del confundido Jean Valjean, el obispo le entrega los dos candelabros haciéndole prometer que redimiría su vida y se transformaría en una persona de bien.

   Esa incomprensible esperanza, heroica benevolencia que tan bien relata Víctor Hugo en el desenlace de toda la novela, me resulta fascinante en nuestra humanidad, como también lo es esa increíble capacidad que tenemos de hacer una tormenta en un vaso de agua, lleno de pequeñeces.

   Es común, por ejemplo, ver que en la vida en pareja nos unimos para enfrentar las grandes y complejas dificultades. Con lucidez y fortaleza enfrentamos una enfermedad, un accidente, una gran deuda o una fuerte crisis económica hasta logra sacar de nosotros cordura, serenidad, tenacidad, uniéndonos en gran trabajo en equipo. Pero una simple bobada (pequeñez) nos puede llevar a una interminable discusión en pareja. Una mirada, un gesto, una interpretación, una diferencia de gusto, una falta de atención.

   Ante un verdadero peligro nuestro instinto humano logra salvar incluso a un desconocido y una pequeñez nos hace cometer suicidio intelectual ante los que más amamos. Se lo explico con una historia.

 

La mosca se posó en la nariz de su amiga Doña Rana y le dijo de manera atrevida y con desprecio:

   – Eres realmente fea, que hasta cariños inspiras…

   Esto le causó tanta gracia a Doña Rana, que soltó una enorme carcajada. Una vez más la mosca se posó sobre la nariz de la rana y le dijo:

   – Tu piel es tan dura, vieja y carrasposa que pareces de mil años.

   Una carcajada aún mayor se le escuchó a Doña Rana.

   La mosca continuó:

   – Oye, Rana, tus ojos son horrorosamente grandes, seguro Dios estaba deprimido cuando te creó.

   Doña Rana parecía estar viendo su mejor programa de humor, pues sus carcajadas la hicieron revolcarse en la tierra. Después de reír y reír, volvió el silencio y la mosca notó que Doña Rana tenía algo en su cabeza, así que le dijo respetuosa y amablemente:

   – Amiga Rana, tienes una hoja en la cabeza.

   Ante esto, la ira inundó a Doña Rana, quien cambió de color y se tornó de un tono rojizo, un sentimiento de ofensa y el vapor de su orgullo herido exhalaron por su nariz. No podía creer tanto exceso de confianza de la mosca como para decirle que tenía una hoja en la cabeza. No soportando tal afrenta, se tragó a su amiga la mosca.

   En un mundo lleno de problemas y de pequeñeces, los problemas nos hacen fuertes y las pequeñeces nos matan.

Fuente:

Salón 8, Yokoi Kenji Díaz.

 

 

 

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